miércoles, 1 de julio de 2020


Verdades:

1.       “Sin fe es imposible agradar a Dios.”
2.       Si no agradamos a Dios, tenemos dos opciones: a). Endurecer el corazón y vivir con-siguiendo lo que queremos a cualquier precio, sin mala conciencia. O b). Vivir inten-tando lograr lo que queremos y preocuparnos cada vez que nos alejamos de ello.
3.       La incredulidad jamás permitirá ni la paz ni la felicidad lícitas y verdaderas.
4.       El egoismo siempre nos llevará a hacer el mal, aunque no lo llamemos así; y toda tran-quilidad involucrará dureza de corazón e indiferencia, dejando un círculo abierto de fe-licidad ilícita y preocupación por perderla.

¿Qué denota la preocupación en personas que desean vivir una vida digna,                           sin hacer el mal ni sufrir innecesariamente?

1.       Deshonestidad / infidelidad. Existe una indisposición subconsciente o consciente para afrontar la responsabilidad que nos corresponde en la circunstancia que nos preocupa.
2.       Egoismo. En el egoismo habrá siempre una contradicción entre lo que creemos y desea-mos, pues el egoismo anula la verdad, y sólo la verdad puede conceder vida. Nuestros valores o convicciones entran en conflicto con nuestros deseos egoistas, y sentimos preocupación a diferentes niveles de intensidad e incomodidad, según la cantidad de egoismo que haya en nosotros.  El más egoista se sentirá menos preocupado; el menos eogista tendrá menos capacidad para lidiar con la indiferencia y dureza del que menos se preocupa, y descubrirá que la preocupación es debilidad y no seriedad. El egoista total vive una vida en la que todo está segregado para satisfacer sus caprichos. Vive un espejismo.  Vive una mentira, pero se siente muy feliz y superior. No se preocupa, anti-cipa y actúa, o evade.
3.       Vanidad.  Está directamente ligada al egoismo, pero se concentra en la pérdida personal. Tememos no poder retener lo que hemos logrado con esfuerzo egoista, es decir, ilí-citamente, pues, no hemos pedido la bendición de Dios, ni hemos considerado que es El quien otorga y confirma. No siendo dignos delante de nuestro Creador, corremos el ries-go de perder lo que amamos, y entramos en el pozo de la desesperación, preocupándo-nos.
4.       Ignorancia.  La ignorancia es la menos dañina de todas, porque es la más inocente y menos culpable de cualquier daño que pueda generarse. La preocupación en este caso, es más bien una señal clara acerca de nuestra capacidad real y posición en la vida, siendo esto una oportunidad para el crecimiento, si sabemos afrontar el asunto madura y responsablemente, sin caer en indiferencia, dureza, desidia o acomodamiento egoista. No debemos descansar en lo que otros puedan saber o realizar, sin participar activa-mente, con disposición y fidelidad, respetando nuestra identidad y límites individuales.

¿Cuál es la esperanza?
A.      Reconocer que la preocupación muestra que no estamos limpios; que no estamos confiando en Dios, y que no estamos viviendo con responsabilidad y madurez.  Las personas que viven con ellas no se preocupan, no importando la gravedad de las circunstancias; actúan; hacen lo que pueden y lo que deben, y le confían el resto a Dios.  Es una mezcla perfecta de fe y fidelidad, que debe ser llamada madurez.
B.      La preocupación es positiva únicamente como luz roja de alerta. Nos indica un peligro inminente, o bien, que ha sucedido algo, más allá de nuestro alcance, que no debió suceder. En el primer caso corresponde la acción inteligente inmediata, que conlleva apagar la luz de alerta, porque se ha reconocido el problema y se ha iniciado el proceso para encontrar y activar su solución. En el segundo corresponde la indignación. Según los niveles de injusticia procederá apartarse de los malhechores, o bien aclarar, enmendar y resolver, incluyendo confrontar y castigar a aquéllos que hicieron el mal.
C.       Afrontar la realidad. Al hacer esto, abrimos la puerta para hallar soluciones y pro-ceder a ponerlas a funcionar. Aunque preocuparse parece ser afrontar la realidad, resulta ser todo lo contrario.  Estamos enfocándonos en nosotros mismos en lugar de tener las agallas para aceptar las circunstancias y disponernos a ser parte activa de la solución del problema.  No necesitamos ser genios ni super héroes, tan sólo estar conscientes de la parte que nos corresponde, sea ésta pasiva o activa, para que la adversidad o el problema sean vencidos o resueltos adecuadamente en el menor tiempo posible, con la menor inversión; sin pérdida lamentable de recursos, energía, tiempo o vidas.
D.      Abrazar la verdad.  La verdad es más fuerte que cualquier temor.  Hay personas que no pueden ser movidas de su forma de pensar, ni convencidas. Estas personas pueden ser protegidas indirectamente, o puestas en un listado de personas independientes que no pueden ser ayudadas y deben ser reconocidas como peligrosas, porque pueden desear dirigir, imponiendo sus ideas y convicciones personales, lejos de honrar la verdad que nos protege a todos, sin hacer acepción de personas.
La preocupación contribuye indirectamente a agravar cualquier situación de ad-versidad. Es por ello que los enemigos introducen dudas, temores y confusión, para ganar ventaja y aumentar sus probabilidades de ganar no solamente la batalla, sino también la guerra.
Debemos aceptar el hecho de que los tiempos de adversidad no son idóneos para ganarnos la confianza de las personas, sino para descubrir que hemos fallado en hacerlo.  En medio de la adversidad debemos confiar en el amor propio, la integridad y la dignidad de la gente, lejos de intentar convencerlos de que tenemos la razón.  Todos los buenos seguirán la verdad, o la buscarán hasta encontrarla, y ésta será nuestra mayor y mejor aliada hasta el final. Tras vencer, podremos reanudar nuestro compromiso con la integridad, y hacer todo aquello que sea necesario para establecer un ambiente de confianza, fundamentado en la verdad y la fidelidad.  Esto le dará solidez (estabilidad y equilibrio) a la sociedad en la que vivimos y nos movemos.
E.       Tomar responsabilidad y crecer hacia la madurez sin tardanza ni titubeos. Debemos, como ya dijimos, comprometernos con nosotros mismos y con las circunstancias a hacer todo lo que está en nuestro poder y capacidad, para contrarrestar el mal que nos aqueja. Esta es nuestra fidelidad para con nuestro prójimo y para con la vida. Así vencemos la ignorancia, el egoismo, la vanidad, el temor, … vivimos, en lugar de continuar muertos de pie, creyendo que estamos vivos sólo porque respiramos, comemos y caminamos.
F.       Evitar a toda costa caer en emocionalismo ególatra, pretendiendo ser salvadores o redentores.  Esta es otra forma de perversión, con la que ignoramos la preocupación y nos sugestionamos, convenciéndonos de que lo tenemos todo bajo control y de que el problema no existe en realidad. Esta forma de pensar y actuar es excelente para tornar un problema pequeño en una verdadera catástrofe. Siguiendo este patrón, podríamos aumentar la capacidad destructiva del problema en forma geométrica.
Debemos, sencillamente, hacer la parte que nos corresponde, con alegría, seriedad, inteligencia, amor propio y fidelidad.
G.      Ninguna persona con dudas o miedo debe ser incluída, no importando su conocimiento o capacidad física ni intelectual, para estar en posiciones de liderazgo, cuando estamos ante situaciones de vida o muerte.
H.      Como el egoista total, nos corresponde anticipar y actuar, pero jamás evadir. La di-ferencia entre el egoista y nosotros, personas dignas, es que nosotros no podemos dedicar todo nuestro tiempo, atención y fuerzas a lo que queremos.  Nuestro rango de movimiento involucra miles, si no millones, de cosas que incluyen a otros, en los cuales debemos pensar antes de tomar decisiones, antes de actuar. Por lo tanto, la velocidad a la que podemos responder es muy distinta. No debemos enojarnos por lo que no podemos cambiar, no debemos involucrarnos en lo que no nos corres-ponde cambiar y sólo podemos entristecernos por aquellas cosas que nos cuesta aceptar. Pero lo que corresponde es nuestra fidelidad, tanto activamente: haciendo lo que debemos y podemos; como pasivamente: NO involcurándonos en nada que esté más allá de nuestra responsabilidad o rango de libertad. ¿Qué significa esto? Que jamás debemos resolver los problemas de otros, cuando esto signifique dejar desatendida nuestra propia vida y sus responsabilidades; p.ej. ayudar a un amigo y fallarle a nuestros hijos, pareja o padres. Y tampoco debemos pasar encima de nuestros principios debido al sufrimiento de otro.  P.ej.: Si un hermano sufre por su adulterio, debido a mi convicción en contra del adulterio, debo dejar que lleve las consecuencias de su mal actuar.  Si, por el contrario, el dolor de otros me lleva a comprender que mis principios son equivocados y falaces, debo cambiar el principio y actuar con amor y misericordia, e involucrarme con la debida conciencia acerca de las prioridades en mi vida.
Conforme vivimos, aprenderemos a entristecernos solamente por aquello que ofende a Dios, y no por nuestras pérdidas egoistas. En el amor toda pérdida es ganancia, por lo tanto, celebraremos más y más el estar creciendo hacia el cielo, en lugar de aferrarnos a la vanidad, la esterilidad y la debilidad.
I.        Debemos rechazar, desechar e incluso condenar toda preocupación irracional que amenace nuestro bienestar. Detectar la maldad de personas que se valen de la mala costumbre de otros de preocuparse, es de gran ayuda; nos da estabilidad, fuerza, unidad y felicidad, pues podemos disfrutar nuestra vida, sabiendo que está pro-tegida. Podemos y debemos separarnos de personas que responden a cualquier chisme.  Y también de aquéllas que andan provocando intriga pordoquier. Y debe-mos desarrollar nuestras técnicas de comunicación, aprovechando acontecimientos desagradables para instruir a nuestros hijos, fortalecer nuestros lazos de amor en la familia y entre amigos y conciudadanos; así como entre todos los que comprartimos valores similares.  Podemos tornar una amenaza en una bendición. Y nunca debemos sacrificar lo que tenemos por habladurías o rumores.
J.        Un último punto muy importante, directamente relacionado con la preocupación es el comprender y aceptar nuestra individualidad e identidad.  En la adversidad se hace manifiesto lo que somos verdaderamente. No debemos preocuparnos por los límites intelectuales, físicos o sentimentales de otros, sino ser fieles y tomar el lugar que nos corresponde. No es tiempo para anhelar que los demás sean diferentes, más valientes, más activos, más celosos, menos pasivos o ignorantes, … es tiempo de darlo todo y ser fieles, no importando cuán pesada sea la carga que nos toque llevar y cuán grande el dolor y sufrimiento que debamos soportar debido a nuestra superioridad real.  Lejos de toda altivez o soberbia, corresponde nuestra fidelidad.

La preocupación es la hermana menor del miedo.  Es negativa y mala, y su única función positiva es mostrarnos que estamos en donde NO deberíamos estar, y que urge acción inteligente inmediata.
El miedo y la preocupación racionales NO son aquéllos que permiten aprendizaje en su momento.  Esto sólo es posible cuando estos son irracionales.  Lo irracional es un problema individual, mientras que lo racional es un asunto real, externo, innegable, que debe ser atendido inmediatamente. La persona que tiene problemas de inseguridad puede ser enseñada y ayudada en cualquier momento, con la debida paciencia; con conocimiento y compromiso. Pero el punto a recalcar aquí es que circunstancias en las que el temor se propaga en forma generalizada NO son el momento indicado para a-tender los asuntos de temores irracionales individuales. Aunque pueden ser reconocidos, la instrucción y ayuda debe ser postergada para después de resolver el problema racional general, urgente.
Al peligro inminente corresponde acción inmediata, para contrarrestar al máximo sus posibles consecuencias y daños. 
Cuando se sale ileso de circunstancias adversas peligrosas, y no se reconoce aquello o a aquéllos que se encargaron de que así fuese, se corre el riesgo de convertir la circunstancia en algo fatal a la hora de repetirse.  Pues, de alguna forma, el propósito de Dios al permitir tales sucesos en la vida, es el que reconozcamos nuestra pequeñez y necesidad de El (de inteligencia, sabiduría, amor, unión, integridad, dignidad, fidelidad, etc.), y nos dispongamos para tomar responsabilidad y crecer hacia la madurez.
Lo primero que debemos hacer ante la preocupación, como personas adultas y maduras, es desechar todo temor, y aferrarnos a la sensatez y la verdad. Esto nos dará el ambiente de paz y fortaleza que necesitamos para poder analizar el problema en toda calma, para encontrar el centro del mismo y poder ver diferentes opciones de soluciones para proceder a poner a funcionar las más adecuadas, anticipando sus consecuencias a largo plazo.
Las acciones rápidas e irresponsables logran muchas veces, apaciguar la desesperación de los egoistas atemorizados, pero pueden traer grandes y peores males en el futuro, afectando a más personas y provocando caos, lejos de haber logrado eliminar un mal, que no era tan aterrador, aunque el haberse tomado el tiempo para analizar las cosas con la debida seriedad hubiese significado pérdidas inevitables de recursos y vidas.  Estas son cosas que las personas en autoridad deben considerar.  Hay un Dios soberanos y todopoderoso, al que jamás podremos exceder ni superar, pero debemos tener en cuenta que nos pedirá explicación de nuestras acciones y omisiones, y tendremos que responder ante El por todo lo que resulte como consecuencia de nuestra intervención.
Es por ello, que ante graves sucesos, lo mejor es estar quietos y confiar en la justicia y misericordia de ese Dios todopoderoso, y encomendarnos a El, en lugar de revolver más las cosas con nuestra soberbia.
Meditemos calmada y seriamente acerca del significado de la preocupación.
Una persona que no se preocupa, o es una persona madura y fiel, que ha hecho todo lo que puede y debe, y está lista para seguir haciéndolo; o una soberbia e indiferente, a la que no le importa lo que suceda porque está llena de sí misma.
Preocuparnos es algo totalmente normal porque deseamos estar bien y ser felices.  Pero indica que no hemos logrado ni la madurez ni una fe perfecta en un Dios de amor que nos provee, guía y protege.
Como dijimos, personas malas pueden usar la preocupación en contra de nosotros y nuestros núcleos.  Debemos vivir con valores, como la confianza, la comunicación, el perdón, la misericordia, la paciencia, la fidelidad, la justicia, … evitando así que nuestra paz sea alterada por la preocupación, que representa un problema existente en donde no había ninguno.
Preocuparnos puede ser la primera señal de que algo está mal y nuestro cerebro lo ha detectado. Es una luz de alarma que está allí tan sólo para dar un aviso. Su permanencia la hace ineficaz, inadecuada y destructiva.  Debemos apagar la luz roja y proceder a actuar de acuerdo a la gravedad del asunto, o bien, ajustar el funcionamiento del foco, que se enciende sin razón.
 
Nadie debe hacer más de lo que puede.  Si las circunstancias exceden nuestra capacidad, sólo nos queda confiar en aquéllos a quienes Dios ha capacitado para hacer la diferencia. Si po-demos hacer algo, debemos hacerlo, pues somos parte de la solución del problema.

La preocupación jamás debe permanecer en nuestro ser.

¿Qué hay de las personas que se preocupan porque ha llegado a ser sabido su mal actuar y temen tener que cargar con la responsabilidad?

El hecho de que se sientan preocupadas demuestra que no son tan duros como se creían, y es una señal de esperanza.  En este caso es muy necesario hablar de pérdidas y de daños irreparables.  Se ha sufrido un daño en el amor propio, en la dignidad, en el nombre.  Y se ha perdido la integridad. Debido al perdón de Dios, a Su misericordia y poder, podemos recobrar la integridad a otro nivel, aceptando nuestra falta y no olvidándola jamás. Nunca representará vergüenza ni dolor en el futuro, como los causó en el momento de la exposición de la falta; pero la conciencia debe permanecer como una cicatriz que nunca se borrará, pues es el resultado de nuestra transgresión, no de nuestra ignorancia ni de algún daño que otro nos haya hecho. Hemos perdido para siempre, tiempo y vida, que utilizamos mal, haciendo daño y no el bien.  Hemos perdido también el aprecio de personas que nunca podrán querernos como pudo haber sido. Pero podemos recuperar la vida para amar y ser amados, de aquí en adelante.
Se ha perdido la oportunidad de desarrollar capacidades y dones; pero queda la vida, para reaprender a vivir, con un nuevo entendimiento acerca de los valores imperecederos y las reglas de la vida misma. Se ha ganado el conocimiento de la justicia de Dios, de Su soberanía y de Su misericordia.  Se ha ganado un corazón agradecido por el perdón y la oportunidad de usar bien el tiempo para vivir la segunda vuelta. Se ha ganado una segunda oportunidad.

Se ha perdido una vida para siempre. Se ha ganado una nueva.
La preocupación debe convertirse en conciencia, vergüenza y toma de la responsabilidad, en una actitud de fe, seriedad y madurez. La responsabilidad no es para con los ojos que ven, sino para con las personas directamente afectadas por nuestro mal actuar. Esto represente un salto del egoismo a la humanidad.  Pasamos de ser monstruos devoradores a seres humanos conscientes y responsables, que pertenecen a un grupo que observa reglas, guarda principios y atesora valores, diversos, pero siempre válidos. Salimos de la independencia de la inconciencia social, para convertirnos en personas que tienen comunión con su Creador y disfrutan su independencia, y jamás niegan su responsabilidad social y colectiva, como parte de algo superior a ellos mismos: la vida. Gozamos de una individualidad concedida, y no de una independencia artificial, maquinada e inventada. Y participamos del deleite de la relación humana escogida, y del respeto mutuo hacia todos aquéllos que son muy distintos a nosotros mismos.

No toda maldad es muerte. No arrepentirnos nunca sí lo es.

Hay un Dios. Nos ama. Nos creó para que podamos ser felices; reconociéndolo, dándole gracias y dándole la gloria. Hagámoslo, y vivamos una vida llena de libertad, amor, felicidad, alegría, paz, promesas y agradables sorpresas; aprendiendo de nuestras equivocaciones, olvidando nuestros errores.

                          
                            “La felicidad es  el derecho de aquéllos 
                               que han sido fieles.”
                                               Ami C.B.



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