Verdades:
1.
“Sin fe es imposible agradar a Dios.”
2.
Si no agradamos a Dios, tenemos dos opciones: a).
Endurecer el corazón y vivir con-siguiendo lo que queremos a cualquier precio,
sin mala conciencia. O b). Vivir inten-tando lograr lo que queremos y
preocuparnos cada vez que nos alejamos de ello.
3.
La incredulidad jamás permitirá ni la paz ni la felicidad
lícitas y verdaderas.
4.
El egoismo siempre nos llevará a hacer el mal, aunque no
lo llamemos así; y toda tran-quilidad involucrará dureza de corazón e
indiferencia, dejando un círculo abierto de fe-licidad ilícita y preocupación
por perderla.
¿Qué denota la preocupación en personas que desean vivir
una vida digna, sin hacer el mal ni sufrir innecesariamente?
1. Deshonestidad
/ infidelidad. Existe una indisposición subconsciente o consciente para
afrontar la responsabilidad que nos corresponde en la circunstancia que nos preocupa.
2. Egoismo. En el egoismo
habrá siempre una contradicción entre lo que creemos y desea-mos, pues el
egoismo anula la verdad, y sólo la verdad puede conceder vida. Nuestros valores
o convicciones entran en conflicto con nuestros deseos egoistas, y sentimos
preocupación a diferentes niveles de intensidad e incomodidad, según la
cantidad de egoismo que haya en nosotros.
El más egoista se sentirá menos preocupado; el menos eogista tendrá
menos capacidad para lidiar con la indiferencia y dureza del que menos se
preocupa, y descubrirá que la preocupación es debilidad y no seriedad. El
egoista total vive una vida en la que todo está segregado para satisfacer sus
caprichos. Vive un espejismo. Vive una
mentira, pero se siente muy feliz y superior. No se preocupa, anti-cipa y
actúa, o evade.
3. Vanidad. Está directamente ligada al egoismo, pero se
concentra en la pérdida personal. Tememos no poder retener lo que hemos logrado
con esfuerzo egoista, es decir, ilí-citamente, pues, no hemos pedido la
bendición de Dios, ni hemos considerado que es El quien otorga y confirma. No
siendo dignos delante de nuestro Creador, corremos el ries-go de perder lo que
amamos, y entramos en el pozo de la desesperación, preocupándo-nos.
4. Ignorancia. La ignorancia es la menos dañina de todas,
porque es la más inocente y menos culpable de cualquier daño que pueda
generarse. La preocupación en este caso, es más bien una señal clara acerca de
nuestra capacidad real y posición en la vida, siendo esto una oportunidad para
el crecimiento, si sabemos afrontar el asunto madura y responsablemente, sin
caer en indiferencia, dureza, desidia o acomodamiento egoista. No debemos descansar
en lo que otros puedan saber o realizar, sin participar activa-mente, con
disposición y fidelidad, respetando nuestra identidad y límites individuales.
¿Cuál es la esperanza?
A. Reconocer que la
preocupación muestra que no estamos limpios; que no estamos confiando en Dios,
y que no estamos viviendo con responsabilidad y madurez. Las personas que viven con ellas no se
preocupan, no importando la gravedad de las circunstancias; actúan; hacen lo
que pueden y lo que deben, y le confían el resto a Dios. Es una mezcla perfecta de fe y fidelidad, que
debe ser llamada madurez.
B. La
preocupación es positiva únicamente como luz roja de alerta. Nos indica un
peligro inminente, o bien, que ha sucedido algo, más allá de nuestro alcance,
que no debió suceder. En el primer caso corresponde la acción inteligente
inmediata, que conlleva apagar la luz de alerta, porque se ha reconocido el
problema y se ha iniciado el proceso para encontrar y activar su solución. En
el segundo corresponde la indignación. Según los niveles de injusticia
procederá apartarse de los malhechores, o bien aclarar, enmendar y resolver,
incluyendo confrontar y castigar a aquéllos que hicieron el mal.
C. Afrontar la
realidad. Al hacer esto, abrimos la puerta para hallar soluciones y pro-ceder a
ponerlas a funcionar. Aunque preocuparse parece ser afrontar la realidad,
resulta ser todo lo contrario. Estamos
enfocándonos en nosotros mismos en lugar de tener las agallas para aceptar las
circunstancias y disponernos a ser parte activa de la solución del
problema. No necesitamos ser genios ni
super héroes, tan sólo estar conscientes de la parte que nos corresponde, sea
ésta pasiva o activa, para que la adversidad o el problema sean vencidos o
resueltos adecuadamente en el menor tiempo posible, con la menor inversión; sin
pérdida lamentable de recursos, energía, tiempo o vidas.
D. Abrazar la
verdad. La verdad es más fuerte que
cualquier temor. Hay personas que no
pueden ser movidas de su forma de pensar, ni convencidas. Estas personas pueden
ser protegidas indirectamente, o puestas en un listado de personas independientes
que no pueden ser ayudadas y deben ser reconocidas como peligrosas, porque
pueden desear dirigir, imponiendo sus ideas y convicciones personales, lejos
de honrar la verdad que nos protege a todos, sin hacer acepción de personas.
La preocupación contribuye indirectamente a agravar
cualquier situación de ad-versidad. Es por ello que los enemigos introducen
dudas, temores y confusión, para ganar ventaja y aumentar sus probabilidades de
ganar no solamente la batalla, sino también la guerra.
Debemos aceptar el hecho de que los tiempos de adversidad
no son idóneos para ganarnos la confianza de las personas, sino para descubrir
que hemos fallado en hacerlo. En medio
de la adversidad debemos confiar en el amor propio, la integridad y la dignidad
de la gente, lejos de intentar convencerlos de que tenemos la razón. Todos los buenos seguirán la verdad, o la
buscarán hasta encontrarla, y ésta será nuestra mayor y mejor aliada hasta el
final. Tras vencer, podremos reanudar nuestro compromiso con la integridad, y
hacer todo aquello que sea necesario para establecer un ambiente de confianza,
fundamentado en la verdad y la fidelidad.
Esto le dará solidez (estabilidad y equilibrio) a la sociedad en la que
vivimos y nos movemos.
E. Tomar
responsabilidad y crecer hacia la madurez sin tardanza ni titubeos. Debemos, como
ya dijimos, comprometernos con nosotros mismos y con las circunstancias a hacer
todo lo que está en nuestro poder y capacidad, para contrarrestar el mal que
nos aqueja. Esta es nuestra fidelidad para con nuestro prójimo y para con la
vida. Así vencemos la ignorancia, el egoismo, la vanidad, el temor, … vivimos,
en lugar de continuar muertos de pie, creyendo que estamos vivos sólo porque
respiramos, comemos y caminamos.
F. Evitar a toda
costa caer en emocionalismo ególatra, pretendiendo ser salvadores o
redentores. Esta es otra
forma de perversión, con la que ignoramos la preocupación y nos sugestionamos,
convenciéndonos de que lo tenemos todo bajo control y de que el problema no
existe en realidad. Esta forma de pensar y actuar es excelente para tornar un
problema pequeño en una verdadera catástrofe. Siguiendo este patrón, podríamos
aumentar la capacidad destructiva del problema en forma geométrica.
Debemos, sencillamente, hacer la parte que nos
corresponde, con alegría, seriedad, inteligencia, amor propio y fidelidad.
G. Ninguna
persona con dudas o miedo debe ser incluída, no importando su conocimiento o
capacidad física ni intelectual, para estar en posiciones de liderazgo, cuando
estamos ante situaciones de vida o muerte.
H. Como el
egoista total, nos corresponde anticipar y actuar, pero jamás evadir. La di-ferencia
entre el egoista y nosotros, personas dignas, es que nosotros no podemos
dedicar todo nuestro tiempo, atención y fuerzas a lo que queremos. Nuestro rango de movimiento involucra miles,
si no millones, de cosas que incluyen a otros, en los cuales debemos pensar antes
de tomar decisiones, antes de actuar. Por lo tanto, la velocidad a la que
podemos responder es muy distinta. No debemos enojarnos por lo que no podemos
cambiar, no debemos involucrarnos en lo que no nos corres-ponde cambiar y sólo
podemos entristecernos por aquellas cosas que nos cuesta aceptar. Pero lo que
corresponde es nuestra fidelidad, tanto activamente: haciendo lo que debemos y
podemos; como pasivamente: NO involcurándonos en nada que esté más allá de nuestra
responsabilidad o rango de libertad. ¿Qué significa esto? Que jamás debemos
resolver los problemas de otros, cuando esto signifique dejar desatendida
nuestra propia vida y sus responsabilidades; p.ej. ayudar a un amigo y fallarle
a nuestros hijos, pareja o padres. Y tampoco debemos pasar encima de nuestros
principios debido al sufrimiento de otro.
P.ej.: Si un hermano sufre por su adulterio, debido a mi convicción en
contra del adulterio, debo dejar que lleve las consecuencias de su mal
actuar. Si, por el contrario, el dolor
de otros me lleva a comprender que mis principios son equivocados y falaces,
debo cambiar el principio y actuar con amor y misericordia, e involucrarme con
la debida conciencia acerca de las prioridades en mi vida.
Conforme vivimos, aprenderemos a entristecernos solamente
por aquello que ofende a Dios, y no por nuestras pérdidas egoistas. En el amor
toda pérdida es ganancia, por lo tanto, celebraremos más y más el estar
creciendo hacia el cielo, en lugar de aferrarnos a la vanidad, la esterilidad y
la debilidad.
I.
Debemos rechazar, desechar e incluso condenar toda
preocupación irracional que amenace nuestro bienestar. Detectar la
maldad de personas que se valen de la mala costumbre de otros de preocuparse,
es de gran ayuda; nos da estabilidad, fuerza, unidad y felicidad, pues podemos
disfrutar nuestra vida, sabiendo que está pro-tegida. Podemos y debemos
separarnos de personas que responden a cualquier chisme. Y también de aquéllas que andan provocando
intriga pordoquier. Y debe-mos desarrollar nuestras técnicas de comunicación,
aprovechando acontecimientos desagradables para instruir a nuestros hijos,
fortalecer nuestros lazos de amor en la familia y entre amigos y conciudadanos;
así como entre todos los que comprartimos valores similares. Podemos tornar una amenaza en una bendición.
Y nunca debemos sacrificar lo que tenemos por habladurías o rumores.
J.
Un último punto muy importante, directamente relacionado
con la preocupación es el comprender y aceptar nuestra individualidad e
identidad. En la adversidad se
hace manifiesto lo que somos verdaderamente. No debemos preocuparnos por los límites
intelectuales, físicos o sentimentales de otros, sino ser fieles y tomar el
lugar que nos corresponde. No es tiempo para anhelar que los demás sean
diferentes, más valientes, más activos, más celosos, menos pasivos o
ignorantes, … es tiempo de darlo todo y ser fieles, no importando cuán pesada
sea la carga que nos toque llevar y cuán grande el dolor y sufrimiento que
debamos soportar debido a nuestra superioridad real. Lejos de toda altivez o soberbia, corresponde
nuestra fidelidad.
La preocupación
es la hermana menor del miedo. Es
negativa y mala, y su única función positiva es mostrarnos que estamos en donde
NO deberíamos estar, y que urge acción inteligente inmediata.
El miedo y la
preocupación racionales NO son aquéllos que permiten aprendizaje en su
momento. Esto sólo es posible cuando
estos son irracionales. Lo
irracional es un problema individual, mientras que lo racional es un asunto
real, externo, innegable, que debe ser atendido inmediatamente. La persona que
tiene problemas de inseguridad puede ser enseñada y ayudada en cualquier
momento, con la debida paciencia; con conocimiento y compromiso. Pero el punto
a recalcar aquí es que circunstancias en las que el temor se propaga en forma
generalizada NO son el momento indicado para a-tender los asuntos de temores
irracionales individuales. Aunque pueden ser reconocidos, la instrucción y
ayuda debe ser postergada para después de resolver el problema racional
general, urgente.
Al peligro
inminente corresponde acción inmediata, para contrarrestar al
máximo sus posibles consecuencias y daños.
Cuando se sale
ileso de circunstancias adversas peligrosas, y no se reconoce aquello o a
aquéllos que se encargaron de que así fuese, se corre el riesgo de convertir la
circunstancia en algo fatal a la hora de repetirse. Pues, de alguna forma, el propósito de Dios
al permitir tales sucesos en la vida, es el que reconozcamos nuestra pequeñez y
necesidad de El (de inteligencia, sabiduría, amor, unión, integridad, dignidad,
fidelidad, etc.), y nos dispongamos para tomar responsabilidad y crecer hacia
la madurez.
Lo primero que
debemos hacer ante la preocupación, como personas adultas y maduras, es
desechar todo temor, y aferrarnos a la sensatez y la verdad. Esto nos dará el
ambiente de paz y fortaleza que necesitamos para poder analizar el problema en
toda calma, para encontrar el centro del mismo y poder ver diferentes opciones
de soluciones para proceder a poner a funcionar las más adecuadas, anticipando
sus consecuencias a largo plazo.
Las acciones
rápidas e irresponsables logran muchas veces, apaciguar la desesperación de los
egoistas atemorizados, pero pueden traer grandes y peores males en el futuro,
afectando a más personas y provocando caos, lejos de haber logrado eliminar un
mal, que no era tan aterrador, aunque el haberse tomado el tiempo para analizar
las cosas con la debida seriedad hubiese significado pérdidas inevitables de
recursos y vidas. Estas son cosas que
las personas en autoridad deben considerar.
Hay un Dios soberanos y todopoderoso, al que jamás podremos exceder ni
superar, pero debemos tener en cuenta que nos pedirá explicación de nuestras
acciones y omisiones, y tendremos que responder ante El por todo lo que resulte
como consecuencia de nuestra intervención.
Es por ello,
que ante graves sucesos, lo mejor es estar quietos y confiar en la justicia y misericordia
de ese Dios todopoderoso, y encomendarnos a El, en lugar de revolver más las
cosas con nuestra soberbia.
Meditemos
calmada y seriamente acerca del significado de la preocupación.
Una persona
que no se preocupa, o es una persona madura y fiel, que ha hecho todo lo que
puede y debe, y está lista para seguir haciéndolo; o una soberbia e indiferente,
a la que no le importa lo que suceda porque está llena de sí misma.
Preocuparnos
es algo totalmente normal porque deseamos estar bien y ser felices. Pero indica que no hemos logrado ni la
madurez ni una fe perfecta en un Dios de amor que nos provee, guía y protege.
Como dijimos,
personas malas pueden usar la preocupación en contra de nosotros y nuestros
núcleos. Debemos vivir con valores, como
la confianza, la comunicación, el perdón, la
misericordia, la paciencia, la fidelidad, la justicia, … evitando así que
nuestra paz sea alterada por la preocupación, que representa un problema
existente en donde no había ninguno.
Preocuparnos
puede ser la primera señal de que algo está mal y nuestro cerebro lo ha
detectado. Es una luz de alarma que está allí tan sólo para dar un aviso. Su
permanencia la hace ineficaz, inadecuada y destructiva. Debemos apagar la luz roja y proceder a
actuar de acuerdo a la gravedad del asunto, o bien, ajustar el funcionamiento
del foco, que se enciende sin razón.
Nadie debe
hacer más de lo que puede. Si las
circunstancias exceden nuestra capacidad, sólo nos queda confiar en aquéllos a
quienes Dios ha capacitado para hacer la diferencia. Si po-demos hacer algo,
debemos hacerlo, pues somos parte de la solución del problema.
La
preocupación jamás debe permanecer en nuestro ser.
¿Qué hay de las personas que se preocupan porque ha
llegado a ser sabido su mal actuar y temen tener que cargar con la
responsabilidad?
El hecho de
que se sientan preocupadas demuestra que no son tan duros como se creían, y es
una señal de esperanza. En este caso es
muy necesario hablar de pérdidas y de daños irreparables. Se ha sufrido un daño en el amor propio, en
la dignidad, en el nombre. Y se ha
perdido la integridad. Debido al perdón de Dios, a Su misericordia y poder,
podemos recobrar la integridad a otro nivel, aceptando nuestra falta y no
olvidándola jamás. Nunca representará vergüenza ni dolor en el futuro, como
los causó en el momento de la exposición de la falta; pero la conciencia debe
permanecer como una cicatriz que nunca se borrará, pues es el resultado de
nuestra transgresión, no de nuestra ignorancia ni de algún daño que otro nos
haya hecho. Hemos perdido para siempre, tiempo y vida, que utilizamos mal,
haciendo daño y no el bien. Hemos
perdido también el aprecio de personas que nunca podrán querernos como pudo
haber sido. Pero podemos recuperar la vida para amar y ser amados, de aquí en
adelante.
Se ha perdido
la oportunidad de desarrollar capacidades y dones; pero queda la vida, para
reaprender a vivir, con un nuevo entendimiento acerca de los valores
imperecederos y las reglas de la vida misma. Se ha ganado el conocimiento de la
justicia de Dios, de Su soberanía y de Su misericordia. Se ha ganado un corazón agradecido por el
perdón y la oportunidad de usar bien el tiempo para vivir la segunda vuelta. Se
ha ganado una segunda oportunidad.
Se ha perdido
una vida para siempre. Se ha ganado una nueva.
La preocupación
debe convertirse en conciencia, vergüenza y toma de la responsabilidad, en una
actitud de fe, seriedad y madurez. La
responsabilidad no es para con los ojos que ven, sino para con las personas
directamente afectadas por nuestro mal actuar. Esto represente un salto del egoismo a la humanidad. Pasamos de ser monstruos devoradores a seres
humanos conscientes y responsables, que pertenecen a un grupo que observa
reglas, guarda principios y atesora valores, diversos, pero siempre válidos.
Salimos de la independencia de la inconciencia social, para convertirnos en
personas que tienen comunión con su Creador y disfrutan su independencia, y
jamás niegan su responsabilidad social y colectiva, como parte de algo superior
a ellos mismos: la vida. Gozamos de una individualidad concedida, y no de una
independencia artificial, maquinada e inventada. Y participamos del deleite de
la relación humana escogida, y del respeto mutuo hacia todos aquéllos que son
muy distintos a nosotros mismos.
No toda maldad
es muerte. No arrepentirnos nunca sí lo es.
Hay un Dios. Nos ama. Nos creó para que podamos ser
felices; reconociéndolo, dándole gracias y dándole la gloria. Hagámoslo, y
vivamos una vida llena de libertad, amor, felicidad, alegría, paz, promesas y
agradables sorpresas; aprendiendo de nuestras equivocaciones, olvidando
nuestros errores.
“La felicidad es el derecho de aquéllos
que han sido fieles.”
Ami C.B.
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